lunes, 24 de septiembre de 2012

Si clicas en la foto de mas abajo podrás optar a varias fotos mas.
Menorca
Isla de España, perteneciente al archipiélago de las Baleares, con 67.009 habitantes (1996), que responden al gentilicio de menorquines y 701 km² de extensión superficial. Capital, Mahón. Se localiza a unos 35 km de la isla principal del archipiélago balear, Mallorca. La sede episcopal se halla situada en Ciutadella y entre sus principales poblaciones se encuentran, además de Mahón y Ciutadella, Alaior, Ferreries, Es Castell, Es Mercadal, Sant Lluís y Es Migjorn Gran. Menorca fue declarada por la UNESCO Reserva de la Biosfera en 1993. Sus coordenadas geográficas extremas son 40º 05' 48" y 39º 47' 55" de latitud N y 4º 29' 00" y 3º 55' 47" de longitud E. Su nombre se remonta a la época romana, ya que los romanos la denominaron la menor en contraposición a Mallorca, la mayor
 Menorca - Consell Insular - Ciutadella -
 
HISTORIA DE MENORCA

La historia de Menorca es una mezcla de diferentes culturas de los poblados que han ido habitando y enriqueciendo este sorprendente territorio, haciendo de él un mosaico de lo más atractivo. Por ello, Menorca ha sido considerada un “museo al aire libre” debido a su riqueza y diversidad de monumentos prehistóricos que tiene. 
Los primeros en habitar estas tierras fueron los llamados “pueblos de ultramar”, los cuales, moraban las numerosas cuevas que habían en los barrancos acomodándolas a sus necesidades.
Hoy en día podemos encontrar importantes poblados trogloditas como es el caso de Cales Coves, Cala Morell, Macarella. Un poco más tarde, durante el período del Bronce, el hombre deja de habitar las cuevas, construye casas de madera, se hace agricultor, ganadero y forma poblados que defiende con murallas y torres. Esta es la época de mayor esplendor de la prehistoria menorquina, ya que se caracteriza por la abundancia de monumentos megalíticos como el Talayot, edificios de defensa militar, los menhires, la taula y los funerarios como las navetas. 
Después de esta época, Menorca fue visitada por pueblos que, bien por su afán comercial o bien por el de conquista atravesaron el mediterráneo como es el caso de:  
FENICIOS, quienes dieron nombre a la isla en honor a su Dios Baal, la llamaron Nura, que equivale a fuego en la lengua fenicia.
  • GRIEGOS
  • CARTAGINESES
  • ROMANOS, que conquistaron las islas baleares y les dieron nombre: Majórica y Minórica. Su obra más importante fue abrir caminos y comunicar a las diversas poblaciones de la isla.
  • VÁNDALOS
  • BIZANTINOS
  • MUSULMANES
En el siglo XIII, cae Mallorca ante los ejércitos de Jaime I que fue feudo tributario hasta la conquista de Alfonso XIII.
A un breve período de mejoras y progresos y hasta el final de la Edad Media le suceden años de escasez y decadencia, bajo la tutela negligente de monarcas como Carlos I y Felipe II.  
De funesto también puede calificarse el siglo XVII, a causa de la constante amenaza de piratas y epidemias, que reducen drásticamente la población.  
Los cambios de nacionalidad que se producen en el s.XVIII, supone una mejora sustancial de la situación. Se inicia el siglo con enfrentamientos entre partidarios del Archiduque de Austria, aspirante a la corona española, y Felipistas, que apoyan a los Borbones. La ayuda que tropas francesas prestan a los segundos propicia el desembarco de fuerzas anglo-holandesas, que ocupan Menorca sin apenas resistencia y sólo tienen que esperar a que el tratado de Utrecht ratifique, en 1712, el primer traspaso de soberanía. Esta ocupación ha sido considerada por algunos cronistas, como una “Edad de Oro” para los menorquines.  
La guerra civil española tuvo repercusiones muy traumáticas en la sociedad menorquina, con un saldo lamentablemente sangriento.

MONUMENTOS
Ateneo Científico y Literario   Iglesia de San Francisco   Iglesia de Santa María   Iglesia del Carmen, Torre de Fornells, Ecomuseu de Cap de Cavalleria, Santuario de la Virgen del Toro, Poblado talaiótico de Talatí de Dalt, El poblado talayótico de Torre d'en Galmés, Poblado talayótico de Trepucó,Canteras de s'Hostal.

ES MIGJORN
Es Migjorn Gran es un municipio centro-meridional de la isla de Menorca, en las Islas Baleares, España. Tiene 1.409 habitantes, 32 km2 y cuenta con mar. Es un municipio independiente desde 1989, después de segregarse del de Mercadal. Su población más importante y capital recibe el nombre de Es Migjorn Gran. Antes de la independencia se llamaba San Cristóbal. Otro núcleo de población es la urbanización Santo Tomás (Sant Tomàs), situada en la costa, que se construyó en los años 60.

Sus playas más importantes son Santo Tomás y Binigaus.

De gentilicio migjorner y migjornera, un habitante muy famoso de este municipio fue Joan Riudavets, nacido el 1889, quien llegó a ser la persona de mayor edad del mundo entre mayo de 2003 y marzo de 2004.

También se conoce el municipio por su fiesta patronal en honor a San Cristóbal, una de las fiestas menorquinas que adquiere bastantes visitantes. Se celebra en la población que recibe el nombre del santo durante el quinto fin de semana de julio o el primero de agosto y cuenta con una importante feria que preside parte de la fiesta.

Este es uno de los pueblos que cuenta con una banda de música local, que por su carácter fiestero es la más valorada y querida tanto por los jóvenes como por los menorquines de más edad, que ansían escuchar su muy conocida "samba", después de cada "jaleo", y ver sus cada vez más elaborados disfraces el día del "jaleo d'ases". La Banda de Música d'Es Migjorn Gran, se transforma, y adquiere una gran sobriedad y seriedad en sus conciertos; sobre todo en el de invierno, ya que en verano se "sueltan la coleta" en la segunda parte de su espectáculo.

Es Migjorn también cuenta con un club hípico, "Sa Creueta", que cuenta con numerosos galardones y es conocido a escala europea.

FERRERIAS
Ferrerías (en catalán y oficialmente Ferreries) es un municipio de la comunidad autónoma de Islas Baleares, España. Situado en la isla de Menorca. Nombre derivado de "ferrer" y que proviene del latín "ferrum".

En su término municipal se encuentra el antiguo Castillo de Santa Águeda, en el camino que conduce hasta la costa norte, Camí dets Alocs. Dicho castillo fue la última morada de los últimos moros en la isla y, cuenta la leyenda, que el caballo del príncipe moro al bajar al galope el monte sobre el que está el castillo clavó con tal fuerza sus pezuñas sobre una piedra, que aun se conservan las marcas de las herraduras en ella. Ferreries se extiende de Norte a Sur de la isla, contando con bellas playas en ambos límites.

ALAYOR
Alayor (en catalán y oficialmente: Alaior) es un municipio de la comunidad autónoma de Islas Baleares, España. Situado en la isla de Menorca, con una población de 9.972 habitantes. Está situado a 12 km de la capital, Mahón.

Sus principales actividades son: turismo, industria del calzado, queso y materiales de construcción. Unos productos típicos de Alaior, son las abarcas, las ensaimadas, el queso, la pomada...

Es una ciudad universitaria, ya que allí se encuentra la extensión de la Universidad de las Islas Baleares (UIB). A parte de la universidad, también están los colegios de primaria y secundaria, La Salle Alaior, el Doctor Comas, es peuet i el IES Josep Miquel Guàrdia

El patrón del municipio es San Lorenzo y su patrona Santa Eulalia. Por ello, las fiestas patronales se celebran el fin de semana posterior al 10 de agosto, Sant Llorenç, con el tradicional jaleo. En las fiestas tradicionales, lo principal son los caballos, el jaleo y la pomada. Los caballos van vestidos de una forma especial y sus jinetes también, siempre de blanco y negro.

Tiene como principales centros turísticos las urbanizaciones de Son Bou, Sant Jaume, Torre Solí, Cala en Porter y Cales Coves..

SAN LUIS
San Luis (en catalán y oficialmente: Sant Lluís) es un municipio de Menorca. Fundado por los franceses en honor al rey de Francia Luis XV durante su breve dominación (1756-1763), en la Garriga de Binifadet, con la construcción de la iglesia que se acabó de construir en el 1783. Al lado del templo se edificaron las casas siguiendo un trazado rectilíneo al estilo francés.

Durante unos 50 años a finales del siglo XIX estuvo unido a Mahón, de la que dista 2 km, hasta que obtuvo la independencia el 1904.

En la actualidad su alcalde es Llorenç Carretero Tudurí (2003), del PSOE.

Sus fiestas patronales, con el tradicional jaleo, se celebran el primer fin de semana tras la festividad de San Luis, el 25 de agosto.

CiUDADELA
Ciudadela (en catalán, Ciutadella de Menorca) es un municipio de Menorca, Islas Baleares, en España.

Puerto de Ciudadela.
lCiudadela desde el aire.Situada en el extremo oeste de la isla, era la segunda ciudad en número de habitantes de Menorca (27.468 habitantes en el 2006) y sede del obispado de la isla. Regentó la capitalidad de la isla hasta la ocupación inglesa el año 1714. A finales del 2009 Ciutadella superó en número de habitantes a Mahón, antes municipio más poblado de Menorca.

Historia
A lo largo de los siglos, los diferentes pobladores le han dado diversos nombres: Jamma, Nura, Minerva, Iamo, Iamona, Medina Minurka. Pero fue a partir del 1287, a raíz de la incorporación de Menorca a la cultura cristiana y europea con la conquista de Alfonso III, cuando se impuso el nombre actual, topónimo que, etimológicamente, proviene del latín civitatella, diminutivo de civitas (ciudad). A pesar de ello, este nombre ya prevalecía entre la población romanizada y los mozárabes menorquines anteriores a la colonización realizada por la Corona de Aragón.

En 1558 una flota turca al mando del almirante Piali atacó la ciudad. Era el 9 de julio cuando los defensores sucumbieron ante las fuerzas otomanas. Parte de la población fue deportada bajo rescate a Estambul. A partir de ese año se inicia una lenta reconstrucción de la ciudad que tendrá su contrapunto el 1646 con la llegada a la isla de la peste. La dominación británica durante gran parte del siglo XVIII, ocasionó la decadencia y languidecimiento de la ciudad que perdió la capitalidad de la isla, en beneficio de Mahón.

En la Guerra Civil Española, Menorca permaneció fiel a la II República Española, en 1939 tuvo lugar la Batalla de Menorca (1939) donde un grupo de franquistas tomó Ciudadela y se enfrentó al Ejército Republicano de Mahón.

Actualmente se la denomina Ciutadella de Menorca de manera oficial (haciendo un paralelismo con la capital de Mallorca) para no confundirla con otros topónimos

Restos arqueológicos
Cabe destacar también la presencia de restos arqueológicos de la cultura talayótica dentro de este municipio. La construcción más conocida, y parada de todas las rutas turísticas, es la Naveta des Tudons situada en la carretera Ciutadella-Maó. En torno a la Naveta des Tudons siempre ha existido una famosa leyenda sobre la falta de una de las piedras de la parte superior de la nave. Se trata de un monumento funerario único por su tipología. En Menorca se sitúan otras navetas de habitación como las de Son Merce de Baix en Ferreries. De la época talayótica cabe destacar también los restos del poblado de Son Catlar —con su muralla ciclópea—, Torre Vella, y las taulas de Torre Trencada y Torre Llafuda.


En fechas recientes, el Ministerio de Medio Ambiente, ha incluido la costa norte menorquina en los proyectos de futuros parques nacionales, provocando una gran polémica entre los residentes de la zona. El pleno del ayuntamiento votó en contra de dicha resolución.

MAHÓN
(oficialmente y en menorquín, Maó, aunque se pronuncia como mó, y también se escribe ocasionalmente la grafía arcaica Mahó) es una ciudad situada en el este de la isla de Menorca (Baleares, España). Cuenta con 29.125 habitantes (INE 2009). Es la capital oficial de la isla

Historia

Mahón se halla localizado sobre un puerto natural del Mediterráneo occidental. Fue fundado por uno de los generales cartagineses y hermano de Aníbal, Magón, por lo que los romanos, una vez que la anexionaron, la llamaron Portus Magonis. Pasó a manos de los romanos y, con la caída del Imperio Romano, la ocuparon vándalos y bizantinos. Luego sufrió frecuentes ataques de los normandos y musulmanes, hasta que finalmente, en el año 903, fue conquistada y anexionada al Califato de Córdoba. En 1287 la conquistó el rey Alfonso III de Aragón. Posteriormente, en 1535, Mahón sufrió un gran saqueo por parte de los corsarios de Barbarroja. Bajo el reinado de Felipe II se inició la construcción del fuerte de San Felipe, diseñado por Juan Bautista Calvi, en la bocana sur del puerto de Mahón. Se trató de una de las obras de ingeniería militar más imponentes de la época y reputada como inexpugnable.

Mahón sufrió más cambios de soberanía. Capturada por los británicos en 1708 durante la Guerra de Sucesión Española y cedida oficialmente a raíz del Tratado de Utrecht, pasó a ser durante setenta años una dependencia británica (y el puerto de Mahón una base naval británica en el Mediterráneo) en el siglo XVIII. La presencia británica impulsó la economía de la isla, por lo que Mahón, que se había convertido en la capital de la isla se convirtió en un centro comercial y de contrabando de primer orden en el Mediterráneo. La influencia británica se puede apreciar en la arquitectura local. Por el contrario, Ciutadella, la antigua capital y reducto clerical y aristocrático, languidecía. Durante las diversas conquistas y reconquistas de Menorca que se sucedieron durante el siglo XVIII el castillo de San Felipe fue mandado demoler por el rey Carlos III, quien razonó que si tal joya de la ingeniería militar dejaba de existir, los ingleses dejarían de apetecer Menorca. El resultado fue que cuando los ingleses intentaron de nuevo reconquistar Menorca desembarcando en Cala Mesquida, no había ninguna fortificación para oponérseles y pudieron tomar la isla sin bajas. Posteriormente y ya en el siglo XIX, se edificó otra imponente edificación, ésta en la parte norte de la bocana del puerto, la Fortaleza de la Mola.

Muy cerca de la Mola, y convertido en isla por el canal de Alfonso XIII o de San Jorge, abierto en 1058, está el Llatzeret y, casi tocándolo, la Illa de la Quarentena. Hacia la mitad del puerto está la isla del Hospital o del Rei, sobre la que se levanta el hospital militar, construido por los ingleses durante su primera dominación (1713-1756), por lo que la llamaron "Bloody Island". Entre ésta y la costa sur, se encuentra un islote que por su forma tomó el nombre de "illa redona", por otro nombre " Ses Rates", y conocida en el siglo XV por "s'illa des penjats" (este islote ya no existe en la actualidad). A poco menos de kilómetro y medio del hospital, hacia poniente, frente por frente de Mahón y unida por un puente de madera al Arsenal, hay otra islita que lleva el nombre de aquella dependencia marítima, también el de Pinto, y conocida en época medieval por " Illa des Gegants".

F. Hernandez Sanz, Compendio de Geografía e Historia de la Isla de Menorca., (pag.20)
En 1943 la Diputación provincial elige mayoritariamente a su alcalde Juan Victory Manella para el cargo de procurador en Cortes en la I Legislatura de las Cortes Españolas (1943-1946), representando a los Municipios de esta provincia.

MERCADAL
Mercadal (en catalán el Mercadal o es Mercadal y oficialmente es Mercadal) es un municipio español de la provincia y Comunidad Autónoma de las Islas Baleares situado en la isla de Menorca y perteneciente al partido judicial de Mercadal. Cuenta con una población de 2.042 habitantes, y se encuentra en la falda de Monte Toro, la montaña más alta de la isla.

Está situado a 21 km de la capital Mahón y a unos 15 de [[Fornells].

Historia
Mercadal, la actual capital municipal, se remonta al siglo XIII cuando tras la reconquista de la isla por Alfonso III de Aragón en 1287 un grupo de gerundenses se instaló al pie de la montaña de Toro edificando una parroquia en torno a la cual creció la villa que recibió del rey Jaime II de Mallorca en 1301, junto a Ciudadela y Mahón el privilegio de celebrar mercado los jueves. La parroquia estuvo inicialmente bajo la advocación del patrón de Gerona, San Narciso, hasta que en 1431 pasó a dedicarse a San Martín. El origen de Fornells se remonta al año 1625 en que comenzó la construcción del Castillo de San Antonio —derruido en 1782— a la entrada del puerto para la defensa de la isla del acoso de los piratas. Existió en el municipio un tercer núcleo, hoy desaparecido, en el valle de San Juan denominado Carbonell que llegó a tener 200 habitantes.

La demarcación territorial de Mercadal ha sufrido dos importantes modificaciones a lo largo de la historia. De la originaria Universidad de Mercadal, precedente del actual Ayuntamiento, instituida en 1439 por el gobernador Galceran de Requesens, se segregó en 1837 el municipio de Ferrerías y ya en el siglo XX, en 1989, hará lo propio Es Migjorn Gran.

VILLACARLOS
Villacarlos (oficialmente en catalán Es Castell) es un municipio de la comunidad autónoma de las Islas Baleares, España. Situado al este de Menorca, en la boca del puerto de Mahón. Debido a su situación geográfica es el primer pueblo de toda España en ver salir el sol.

  


domingo, 23 de septiembre de 2012



PERSONAJES BÍBLICOS


 JUDITH


El libro de Judith narra la historia de cómo Dios ayudó al pueblo de Israel a no caer bajo la dominación de Nabucodonosor, rey de Asiria, un hombre avaricioso que quería ser reconocido no sólo como rey, sino como dios, y dios de todos los pueblos. Para esto preparó a todos sus ejércitos y dispuso que los que no se rindiesen ante su poder, fueran exterminados. Así fue, poco a poco, haciéndose con el control de muchos pueblos y tribus. Pero Holofernes, que era el general de los ejércitos de Nabucodonosor, al llegar a la llanura de Esdrelón, en el territorio de Israel, supo que los israelitas, que habitaban en la ciudad de Betulia, no pensaban rendirse ante su rey. Aquior, jefe de los ammonitas, le contó a Holofernes cómo a los israelitas, si eran fieles a su Dios, nadie podría vencerlos. Esto le hizo montar en cólera, y en seguida comenzó a rodear la ciudad para un ataque. Sin embargo, alguien que conocía aquellos montes, le aconsejó al general: «Es mejor que, en vez de intentar un ataque, rodeemos la ciudad para que no puedan salir de sus murallas, y que nos hagamos con el control de sus fuentes, para que con el tiempo no tengan agua para beber y la sed les obligue a rendirse». Dentro de la ciudad, Ocías y otros jefes habían dispuesto no rendirse. Sin embargo, la sed hizo que las fuerzas de los israelitas fueran disminuyendo y los jóvenes, las mujeres y los niños comenzaron a desfallecer y quejarse a los ancianos.
El libro de Judith nos cuenta cómo esta mujer, al conocer el sufrimiento del pueblo de Israel, decide ir a hablar con los jefes del pueblo para decirles que tiene un plan. Vuelve a su casa y allí, por primera vez en mucho tiempo, pues era viuda desde hacía tres años, se arregla bien, se pone sus mejores ropas y joyas, y sale de la ciudad con su sierva, en dirección a los ejércitos de Holofernes. Los soldados se quedaron muy extrañados al ver a una mujer tan bella llegar sola con su esclava, pero ella les dijo: «Pertenezco a la tribu de los israelitas y vengo huyendo de ellos porque se han entregado a la muerte al querer evitar que su rey sea Nabucodonosor. Quiero hablar con Holofernes para indicarle cómo puede atacar mejor a mi tribu sin que muera ni uno de su ejército». Todos alabaron la decisión de esta bella mujer, y, más tarde, Holofernes, al oírla, no sólo la acogió a su cuidado, sino que se quedó prendado de ella.
Así Judith permaneció varios días con el ejército del enemigo, sin olvidarse de su pueblo ni de su Dios, al que rezaba todos los días.
Un día, Holofernes quiso cenar con ella. Judith aceptó, y cenaron juntos. Pero Holofernes estaba tan alegre de tener a una mujer tan bella, que bebió muchísimo vino, hasta estar tan borracho que no podía casi moverse. Este momento fue aprovechado por Judith para cortarle la cabeza, guardarla en una alforja, y escapar del campamento. Llegó a Betulia y allí colocaron la cabeza en lo alto de la muralla.
De este modo, el pueblo de Israel comprobó cómo el Señor nunca abandona a los que cumplen sus mandamientos.

 TOBÍAS

Tobías fue un hombre muy bueno que vivió en el norte de Palestina, y que siempre fue fiel al amor de Dios.

Sin embargo, a su alrededor su pueblo, e incluso su familia, no era fiel al Dios de los israelitas. Pero él era constante y siempre cumplía con los mandamientos del Señor.
Tobías pasó por muchas penurias y su vida no fue fácil. Perdió la vista, y no pudo evitar desesperarse, porque creía que no se merecía tanto dolor, ya que siempre había intentado portarse bien. Y, llorando, le dijo al Señor: «Justo eres, Señor, y justas son todas tus obras; siempre juzgas según la verdad y la justicia. No me castigues por mis pecados, ni por mis ignorancias, ni por las que mis padres cometieron contra ti (…) Quítame el aliento de vida para que muera y me convierta en polvo; porque prefiero morir a vivir, pues he oído ultrajes mentirosos y una gran tristeza se apodera de mí. Haz que yo sea liberado de esta angustia para ir al eterno lugar. No apartes tu rostro de mí».
Al mismo tiempo, en un lugar llamado Ecbatana de Media, una joven llamada Sara sufría y era insultada por otras mujeres, ya que se había casado siete veces y los siete maridos se le habían muerto nada más contraer matrimonio. Tampoco Sara entendía la razón de tanto dolor y tanta vergüenza como estaba pasando, y también ella acudía al Señor pidiéndole que la llevara a su lado para que no pudiera escuchar más burlas: «Tú sabes, Señor, que estoy limpia de pecado… Ten piedad de mí y que no vuelva a escuchar más burlas y ultrajes…»
El Señor escuchaba la oración de los dos, y envió a un ángel, Rafael, para auxiliarles. Y ocurrió de la siguiente forma: Tobías envió a su hijo a buscar un dinero que le pertenecía, y que tenía un señor en un pueblo lejano. Su hijo buscó a un acompañante que pudiera indicarle el camino, y aquí es cuando apareció Rafael, ángel del Señor, que se ofreció a acompañar al hijo en el viaje. Aunque, claro, nadie sabía que era un ángel. Comenzó el viaje y sucedió que, cuando el hijo se bañaba en un río, un pez gigante quiso atacarle, pero Rafael le salvó diciéndole que lo atrapara, y, una vez sobre la tierra, le mandó sacarle algunas vísceras y la hiel al pez. Le sería útil en el futuro. En el camino, un día Rafael le indicó al hijo de Tobías que pasarían la noche en Ecbatana de Media, ya que allí Tobías tenía a un pariente suyo: Ragüel. Además, la hija de Ragüel, Sara, de la que antes hemos hablado, era una muchacha bella y la tomaría por esposa, pues existía la costumbre de que tenían que contraer matrimonio con gente de su mismo linaje. «¿Pero no dicen que Sara tiene un demonio que hace que todos los esposos se le mueran nada más contraer matrimonio?» le preguntó el hijo de Tobías a Rafael. «Tú no te preocupes por eso –respondió el ángel–. Sara es de tu linaje y con ella tienes que casarte. Cuando te hayas casado, esa misma noche quemarás las vísceras del pez que mataste, e invocarás al Señor, que Él te ayudará, porque Sara está destinada desde siempre para ser tu esposa». Y tal y como había dicho Rafael, los dos fueron acogidos en casa del pariente de Tobías con mucho cariño, y esa misma noche contrajeron matrimonio los dos jóvenes. El hijo de Tobías no se olvidó de lo que le había aconsejado Rafael, y por la noche, junto con su mujer, quemó las vísceras del pez y rezó a Dios para que tuvieran larga vida en su matrimonio.
Todos temían encontrar al hijo de Tobías muerto al día siguiente, pero al ver que era el primer esposo que había sobrevivido, vieron que él era la persona con la que Sara estaba destinada a casarse. El padre de Sara se puso tan contento, que celebraron la boda durante 14 días. Al término de las celebraciones, el hijo de Tobías quiso ponerse en camino de vuelta a casa, pues sus padres debían de estar preocupados por su tardanza. Al llegar a casa, Rafael le dijo a Tobías que frotara los ojos de su padre con la hiel que habían guardado del pez. Así lo hizo y Tobías recobró la vista después de ocho años de ceguera.
No sabían cómo agradecerle a Rafael todo lo que había hecho por ellos. Entonces Rafael dijo: «Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos. Cuando orabais tú, Tobías, y Sara, yo presentaba ante el Señor todas vuestras oraciones. He venido por voluntad de Dios, y ahora vuelvo con el que me envió”.


 La fidelidad de RUTH


Mucho antes de que naciera Jesús, hubo en su tierra, Belén de Judá, una época de mucha hambre, y a muchas personas no les quedó más remedio que emigrar. Entre estas personas se encontraban Elimelec y su mujer Noemí, que salieron de su tierra con los dos hijos que tenían: Malajón y Quelyón, y se instalaron en la tierra de Moab.
Allí vivieron durante muchos años, hasta que Elimelec, Majalón y Quelyón murieron y se quedase sola Noemí, junto con las dos mujeres que habían contraído matrimonio con sus hijos, que quedaron viudas. Eran sus nueras Ruth y Orfá.
Al verse Noemí sin marido ni hijos, y al enterarse de que en Belén volvía a haber prosperidad, decidió volver a su tierra. A sus nueras les dijo: «Podéis iros, pues yo ya soy mayor, no podré tener más hijos que daros como esposos, y estaréis mejor con vuestras familias».
Orfá, una de sus nueras, se fue, tal y como le había recomendado Noemí. Sin embargo, Ruth le dijo a Noemí: «Yo no te dejaré sola. Iré a donde tú vayas, tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios».
Éste es un testimonio de fidelidad, que para el pueblo judío era y es muy importante, porque lo más sencillo para Ruth era haber actuado como Orfá, que volvió, buscando seguridad, hacia su familia. Sin embargo, Ruth eligió dejarlo todo y seguir incondicionalmente a su suegra, aceptando desde aquel momento la religión de los israelitas y la pertenencia a ese pueblo.
Viendo Noemí que Ruth no iba a dejarla sola, se pusieron en camino hacia la tierra de Belén, donde se asentaron de nuevo.
Allí tenían que buscarse la vida, y Ruth comenzó a trabajar en unos campos que tenía un lejano pariente de su fallecido suegro, Elimelec. Aquel pariente se llamaba Booz y, tal y como dictaban las leyes de la época, podía casarse con Ruth por estar ella viuda y ser él un pariente cercano.
Quiso Dios que así fuera, y ambos, Booz y Ruth, tuvieron un hijo que llamaron Obed.
Obed fue padre de Isaí, que a su vez fue padre de David. Esta información que nos da el Antiguo Testamento, en el Libro de Ruth, es importante, porque nos enseña cuáles fueron los antepasados del rey David, el más grande de los reyes del pueblo judío, de cuya descendencia nacería el Mesías, Jesús.


 SANSÓN


Sansón es uno de los jueces de los que, hace ya varios números, venimos hablando.
Acordaos de que los jueces en la Biblia son personas normales a los que Dios elige para que, con su ayuda, salven al pueblo de Israel. Encontraréis su historia en el Libro de los Jueces de la Biblia. En los tiempos de Sansón, los israelitas estaban en manos de los filisteos, pues habían vuelto a ser infieles a Dios.
Sansón es especial desde su nacimiento, pues su madre era estéril, es decir, que no podía tener hijos, y estaba casada con un hombre llamado Manóaj. Sin embargo, un ángel de Dios se le apareció a su madre avisándola de que tendría un hijo, y que ese hijo estaría consagrado a Dios toda su vida, desde su nacimiento, y un signo de ello sería que nunca podría cortarse el pelo. Sansón creció, y su fuerza era tremenda. Podía con todo lo que se le pusiera delante: decenas de hombres, leones gigantes…, nada le daba miedo. La fidelidad y el amor a Dios le hacían tener esa fuerza. En la Biblia se nos narran muchos ejemplos para que entendamos cómo era la fuerza de Sansón, y lo mucho que lo odiaban los filisteos, pues siempre que se enfrentaba a ellos los derrotaba.
Cuando Sansón ya era mayor se enamoró de una mujer llamada Dalila. Era una mujer pagana, y Sansón perdió con ella poco a poco su fe. Al principio no se fiaba mucho de ella, y no le entregaba del todo su corazón, porque sabía que ésta quería descubrir el secreto de su fuerza. Muchas veces Dalila le preguntó dónde residía ése secreto, y éste le contestaba cosas que no eran ciertas, la engañaba. Pero un buen día, Dalila volvió a preguntarle una vez más: «Sansón, ¿dónde está el secreto de tu fuerza? ¿Por qué nunca me dices la verdad? ¿Es que no me quieres?» Y esta vez Sansón se dejó vencer y le abrió su corazón: «Mi fuerza se encuentra en mi pelo, pues nunca me lo he cortado, ya que estoy consagrado a Dios. Si me rapasen, perdería toda mi fuerza y sería débil como el resto de los hombres». Dalila comprendió que esta vez le había dicho toda la verdad, y avisó a los filisteos. Mientras Sansón dormía, le cortaron las trenzas que llevaba. Una vez rapado, perdió toda su fuerza y fue apresado. Se burlaron de él y le dejaron ciego, mandándole moler grano en la cárcel.
Pasaron los años y Sansón fue recuperando su fe y confianza en Dios, a la vez que le crecía nuevamente el pelo. Un buen día, los filisteos le sacaron de la cárcel para burlarse de él en una fiesta. Una vez allí, Sansón se apoyó contra las columnas del templo en el que se encontraban y, con su fuerza, las derribó. Todo el templo se vino abajo, matándole a él y a todos los filisteos que allí estaban. Mientras derribaba las columnas, decía Sansón: «¡Muera yo con todos los filisteos!» La historia de Sansón nos enseña que la fuerza del hombre proviene de la confianza y la fidelidad que depositamos en Dios.

 GEDEÓN libera a Israel

 Continuamos con el Libro de los Jueces. Después de Débora, viene Gedeón, que vino a liberar al pueblo de Israel de las manos de la tribu de Madián. Durante siete años, los madianitas arrasaban los campos que los israelitas acababan de sembrar, y dejaban a éstos sin subsistencia alguna, ya que también se llevaban su ganado. Cada vez eran más pobres y pasaban más hambre. Cuando los israelitas no pudieron más, pidieron a Dios que les ayudara, y Dios les envió a Gedeón.
Un día Gedeón estaba batiendo el trigo escondido, por miedo a que vinieran las tropas de Madián y le quitaran el alimento. De repente, se le apareció un ángel, y le dijo: «El Señor está contigo, valiente héroe». Gedeón no pudo ocultar su sorpresa, pero le preguntó: «¡Ah! Y entonces, si el Señor está conmigo, ¿por qué le están sucediendo todas estas desgracias a mi pueblo? Creo que el Señor nos ha abandonado y nos ha dejado solos frente a Madián y sus tropas». El ángel del Señor le contestó: «Pues ve y salva a tu pueblo de los madianitas. El Señor te envía, y estará a tu lado».
Gedeón, como era de esperar, dudaba: «Pero…, ¿cómo podré yo liberar a mi pueblo? Precisamente mi familia es débil, y yo soy el más pequeño… »
«El Señor estará a tu lado –le contestó el ángel–. Te aseguro que derrotarás a Madián y a sus tropas».
Gedeón insistió: «Quiero estar seguro, dame una señal». Preparó entonces un cabrito y unos panes, y se los presentó al Señor. El ángel del Señor le dijo: «Pon la carne y los panes sobre aquella piedra, y vierte sobre ellos el caldo». Así lo hizo Gedeón, y el ángel, con el báculo que tenía en la mano, tocó la carne y los panes. En seguida surgió de la piedra un fuego que consumió la comida que había preparado. Gedeón hizo allí entonces un altar, y lo llamó Yavé paz.
Dios le pidió a Gedeón que derribara el altar que su pueblo había construido para el dios Baal. Así lo hizo Gedeón, y todo el pueblo se enfureció. Sin embargo, el padre de Gedeón salió en defensa de su hijo: «¿Os toca a vosotros defender a Baal? ¿Quiénes sois vosotros para hacer eso? Si Baal es un dios, que se defienda a sí mismo…»
Gedeón le dijo entonces a su tribu que, con la ayuda de Dios, podrían salvarse de Madián. Y partieron todos hacia el campamento de Madián. Cuando llegaron cerca, Dios habló a Gedeón: «Es demasiada la gente que tienes contigo para vencer a Madián. Será mi mano la que os salve». Y Gedeón le dijo a la multitud que le acompañaba: «Los que tengáis miedo, volved a casa». Y se fueron unos cuantos. Pero todavía eran demasiados, así que Gedeón fue haciendo pequeñas pruebas hasta que, de los 22.000 hombres que había, quedaron sólo 300.
Aquella misma noche, le dijo Yavé a Gedeón: «Levántate y baja hasta el campamento de Madián, pues yo te lo entrego en tus manos. Escucha lo que dicen, y te fortalecerás, y atacarás el campamento».
Así hizo Gedeón, acompañado de Fura, su escudero, y cuando llegaron allí vieron cómo un hombre le decía a otro: «He tenido un sueño extraño. Soñé que un pan rodaba por el campamento hasta que llega a una tienda, choca contra ella y la derriba». El compañero le contestó: «Eso es la espada de Gedeón. Dios ha puesto en sus manos a Madián».
Gedeón volvió donde estaban sus hombres, y les dividió en tres escuadras. Les entregó a todos trompetas, cántaros vacíos y, en ellos, velas encendidas, diciéndoles: «Miradme y haced lo que me veáis hacer. En cuanto llegue al campamento y toque la trompeta, la tocaréis vosotros también, y después gritaréis conmigo: ¡Por Dios y por Gedeón!»
Así ocurrió, y el ruido ensordecedor de las trompetas y los cántaros rompiéndose hizo que en el campamento de Madián huyeran todos despavoridos, y de esta forma Gedeón derrotó a Madián. Los israelitas quedaban nuevamente libres gracias a su Dios, Yavé.
Más tarde, el pueblo de Israel quiso que Gedeón fuera su rey. Gedeón no aceptó tal cargo, diciendo: «Yavé será vuestro rey». Y dicho esto, hizo que todos entregaran el oro que llevaban, y lo fundieron para hacer una estatua que recordara la ayuda, nuevamente, del Señor su Dios.




Continuamos con el Libro de los Jueces. Después de Débora, viene Gedeón, que vino a liberar al pueblo de Israel de las manos de la tribu de Madián. Durante siete años, los madianitas arrasaban los campos que los israelitas acababan de sembrar, y dejaban a éstos sin subsistencia alguna, ya que también se llevaban su ganado. Cada vez eran más pobres y pasaban más hambre. Cuando los israelitas no pudieron más, pidieron a Dios que les ayudara, y Dios les envió a Gedeón.
Un día Gedeón estaba batiendo el trigo escondido, por miedo a que vinieran las tropas de Madián y le quitaran el alimento. De repente, se le apareció un ángel, y le dijo: «El Señor está contigo, valiente héroe». Gedeón no pudo ocultar su sorpresa, pero le preguntó: «¡Ah! Y entonces, si el Señor está conmigo, ¿por qué le están sucediendo todas estas desgracias a mi pueblo? Creo que el Señor nos ha abandonado y nos ha dejado solos frente a Madián y sus tropas». El ángel del Señor le contestó: «Pues ve y salva a tu pueblo de los madianitas. El Señor te envía, y estará a tu lado».
Gedeón, como era de esperar, dudaba: «Pero…, ¿cómo podré yo liberar a mi pueblo? Precisamente mi familia es débil, y yo soy el más pequeño… »
«El Señor estará a tu lado –le contestó el ángel–. Te aseguro que derrotarás a Madián y a sus tropas».
Gedeón insistió: «Quiero estar seguro, dame una señal». Preparó entonces un cabrito y unos panes, y se los presentó al Señor. El ángel del Señor le dijo: «Pon la carne y los panes sobre aquella piedra, y vierte sobre ellos el caldo». Así lo hizo Gedeón, y el ángel, con el báculo que tenía en la mano, tocó la carne y los panes. En seguida surgió de la piedra un fuego que consumió la comida que había preparado. Gedeón hizo allí entonces un altar, y lo llamó Yavé paz.
Dios le pidió a Gedeón que derribara el altar que su pueblo había construido para el dios Baal. Así lo hizo Gedeón, y todo el pueblo se enfureció. Sin embargo, el padre de Gedeón salió en defensa de su hijo: «¿Os toca a vosotros defender a Baal? ¿Quiénes sois vosotros para hacer eso? Si Baal es un dios, que se defienda a sí mismo…»
Gedeón le dijo entonces a su tribu que, con la ayuda de Dios, podrían salvarse de Madián. Y partieron todos hacia el campamento de Madián. Cuando llegaron cerca, Dios habló a Gedeón: «Es demasiada la gente que tienes contigo para vencer a Madián. Será mi mano la que os salve». Y Gedeón le dijo a la multitud que le acompañaba: «Los que tengáis miedo, volved a casa». Y se fueron unos cuantos. Pero todavía eran demasiados, así que Gedeón fue haciendo pequeñas pruebas hasta que, de los 22.000 hombres que había, quedaron sólo 300.
Aquella misma noche, le dijo Yavé a Gedeón: «Levántate y baja hasta el campamento de Madián, pues yo te lo entrego en tus manos. Escucha lo que dicen, y te fortalecerás, y atacarás el campamento».
Así hizo Gedeón, acompañado de Fura, su escudero, y cuando llegaron allí vieron cómo un hombre le decía a otro: «He tenido un sueño extraño. Soñé que un pan rodaba por el campamento hasta que llega a una tienda, choca contra ella y la derriba». El compañero le contestó: «Eso es la espada de Gedeón. Dios ha puesto en sus manos a Madián».
Gedeón volvió donde estaban sus hombres, y les dividió en tres escuadras. Les entregó a todos trompetas, cántaros vacíos y, en ellos, velas encendidas, diciéndoles: «Miradme y haced lo que me veáis hacer. En cuanto llegue al campamento y toque la trompeta, la tocaréis vosotros también, y después gritaréis conmigo: ¡Por Dios y por Gedeón!»
Así ocurrió, y el ruido ensordecedor de las trompetas y los cántaros rompiéndose hizo que en el campamento de Madián huyeran todos despavoridos, y de esta forma Gedeón derrotó a Madián. Los israelitas quedaban nuevamente libres gracias a su Dios, Yavé.
Más tarde, el pueblo de Israel quiso que Gedeón fuera su rey. Gedeón no aceptó tal cargo, diciendo: «Yavé será vuestro rey». Y dicho esto, hizo que todos entregaran el oro que llevaban, y lo fundieron para hacer una estatua que recordara la ayuda, nuevamente, del Señor su Dios.

El Juício del Rey Salomón

Dios le había prometido a Salomón una gran sabiduría y prudencia para poder ser justo cuando gobernase. Y uno de los ejemplos que más se recuerdan para comprobar que verdaderamente Salomón era un rey sabio, es éste que os vamos a relatar hoy:
Una vez llevaron ante el rey Salomón un caso extraño entre dos mujeres. Ambas vivían en la misma casa, y habían tenido un hijo casi al mismo tiempo.
«Majestad –le dijo una–, esta mujer y yo vivimos en la misma casa. Yo di a luz hace poco, y tres días después también tuvo ella a su hijo. Una noche, el hijo de esta mujer murió. Así que esta mujer cogió, mientras yo dormía, y cambió a mi hijo por el suyo, quedándome yo con un niño muerto. Cuando me levanté por la mañana para amamantar a mi hijo, vi que estaba muerto, pero enseguida me di cuenta de que aquel no era mi hijo, no era el niño al que yo había dado a luz».
Entonces la otra mujer se puso a gritar: «¡Mentira! ¡Es mi hijo el que está vivo, el tuyo está muerto!» Y así empezaron a discutir, porque las dos decían que el hijo era suyo.
El rey Salomón, entonces, les mandó callar, y dijo: «Traedme una espada». Y, con ella en la mano, ordenó: «Partid en dos al niño vivo: dadle una mitad a una madre y otra mitad a la otra. Así cada una tendrá una parte del niño».
Pero la verdadera madre del bebé, al oír esto, no pudo soportarlo: «¡No, por favor! –dijo–. No le matéis…, dadle el niño a ella, pero dejadlo con vida»…
Sin embargo, la otra mujer sostenía: «Ni para ti, ni para mí, mejor será que lo dividan».
Pero el rey Salomón ya había averiguado quién era la verdadera madre, y dijo, señalando a la mujer que no quería que mataran al niño: «Dadle a esta mujer a su hijo, porque ésta es la madre del niño».
El rey había comprendido que una madre nunca querría que su hijo muriese, y que incluso aceptaría que otra fuera su madre.


 El sueño del rey SALOMÓN


Cuando David, rey de Israel, se sentía morir, dio instrucciones a su hijo Salomón:
«Ya me queda poco para morir, hijo mío. Esfuérzate y sé un buen hombre. Sé fiel a Yavé, tu Dios, caminando siempre por sus sendas, guardando sus mandamientos, sus leyes y preceptos, tal y como están escritos en la Ley de Moisés, para que seas afortunado en tu vida, hagas lo que hagas y vayas donde vayas. Así se cumplirá lo que Dios me dijo un día: Si tus hijos siguen su camino ante mí en verdad y con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás un descendiente sobre el trono de Israel».
Al poco tiempo, David murió y fue enterrado con sus antepasados. Así, Salomón subió al trono.
Una noche se le apareció Yavé en sueños, y le dijo: «Pídeme lo que quieras».
Él le contestó: «Has tenido gran piedad con tu siervo David, mi padre, que fue fiel a Ti, y gobernó con justicia y rectitud. Le prometiste que sus hijos se sentarían en el trono de Israel, como ocurre ahora. Me has hecho reinar, Yavé, en lugar de David, mi padre, aunque yo no soy más que un niño, que no sabe por dónde ir. El pueblo de Israel es muy grande… Dame, Yavé, un corazón grande y prudente para gobernar a Israel, y poder discernir entre lo malo y lo bueno, porque ¿cómo, si no, se puede gobernar un pueblo tan grande?»
Al Señor le agradaron mucho estas palabras de Salomón, y le dijo:
«Por haberme pedido esto y no haber pedido para ti larga vida, ni riquezas, ni nada semejante, sino por haberme pedido rectitud y justicia para gobernar mi pueblo, te concederé todo lo que me has pedido. Te doy un corazón sabio e inteligente como nadie antes lo había tenido ni lo tendrá. Y, además, te daré riquezas y glorias; ningún rey habrá tenido ni tendrá tantas, y, además, si cumples mis mandamientos, tal y como lo hizo David, tu padre, prolongaré tu vida».
Cuando Salomón se despertó de este extraño sueño, se presentó ante el arca de la Alianza, en Jerusalén, y allí hizo ofrendas a Dios. Después, dio un banquete a todos sus servidores.


 DAVID: rey de los israelitas


Subió David al trono de Israel, y fue rey durante muchos años. Ya no habría más enfrentamientos entre tribus.
David era un hombre bueno que tenía una gran fe en Dios. Por esto, un día, se dio cuenta de que el arca de la Alianza no tenía ni una tienda ni un templo dignos. Así que lo consultó con Natán, que era un profeta, y se lo explicó. Natán al principio le dijo que realizase todo lo que había pensado, pues Dios estaba de su lado. Sin embargo, aquella noche el profeta Natán tuvo un sueño. En él, el Señor le daba un mensaje que debería transmitir a David:
    «No he tenido casa desde que saqué a los israelitas de Egipto. Siempre he sido trasladado de aquí para allá en tiendas. Pero hasta ahora no he encargado nunca a ninguno de los jueces de Israel que me construyese un templo. Dile a mi siervo David:
Yo te saqué de los campos, de pastorear tus ovejas, para que fueras el rey de mi pueblo, Israel. Estaré contigo en todas las empresas, tendrás paz con todos tus enemigos, y contigo comenzará una dinastía de reyes que no tendrá fin. Pero no serás tú quien construya un templo en mi honor, sino tu descendiente. Tu casa y tu reino durarán para siempre».
Lo que Dios quería decir, con todo esto, era que el Mesías, el Ungido de Dios, el Salvador que un día Dios prometió a Israel, sería descendiente del rey David. La casa a la que el Señor se refiere no es una casa o un templo, como piensa el rey David. La casa será la dinastía de David, sobre la que se construirá la Iglesia de Dios.
Cuando Natán le comunica a David el sueño, David contesta:
«¿Quién soy yo, Señor, y quién es mi familia para que nos hayas llevado a este momento? Has sido bueno conmigo y me has adelantado lo que sucederá con los míos… No hay nadie tan grande y bondadoso como Tú. Mantén siempre, Señor, la promesa que me has hecho. Tus palabras son verdaderas. Bendice, Señor, mi casa y permanece siempre presente en ella».
David fue un rey fiel a Dios, y cuando cometió pecados, siempre se arrepintió, pidiendo humildemente perdón al Señor. Amaba a Dios por encima de todo, y confiaba totalmente en Él. Lo podemos comprobar muy bien en los Salmos inspirados en David, oraciones a Dios tan bonitas como ésta:
«El Señor es mi pastor, nada me falta.
En verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú vas conmigo».


 DAVID: Dios mira al corazón del hombre



Por aquel entonces reinaba en Israel un hombre llamado Saúl. Pero Dios no estaba muy contento con él, porque había pecado.
Un día, el Señor le dijo a Samuel:
«Llena tu cuerno con aceite de ungir y vete a casa de Jesé, pues he visto un rey para Israel entre sus hijos. No tengas en cuenta su figura o su talla. Dios no ve como el hombre. El hombre mira lo exterior, pero Yavé mira al corazón».
Así que Samuel se fue a la casa de Jesé, y estuvo viendo a sus siete hijos que allí se encontraban, pero ninguno era el elegido de Dios. Entonces Samuel le preguntó a Jesé:
        «¿Son éstos todos tus hijos?»
        «No –contestó Jesé–, queda el más pequeño, que está apacentando nuestro rebaño».
        «Pues haz que venga», dijo Samuel.
Y llegó el pequeño David. Era rubio, de hermosos ojos y muy buena presencia.
El Señor le dijo a Samuel: «¡Éste es! ¡Úngelo!»
Samuel tomó el cuerno de aceite, ungió con él la cabeza de David, y el Espíritu del Señor estuvo con él para el resto de su vida.
Los filisteos en aquellos tiempos querían hacer la guerra contra los israelitas, y habían acampado sus ejércitos en un monte. Los israelitas, para defenderse, se instalaron en otro monte, justo enfrente de los filisteos, tan sólo separados por un valle. Pero resultaba que los filisteos contaban entre sus hombres con un gigante llamado Goliat, al que todos temían por su tamaño y su fuerza.

          Goliat, que era consciente de su poder, gritó ante el ejército de Israel: «¡No hace falta que entremos en batalla! Elegid a uno de los vuestros que venga a pelear contra mí. Si me gana, los filisteos seremos esclavos vuestros. Pero si le gano yo, seréis entonces nuestros esclavos».
Los israelitas estaban aterrados. Resultaba imposible enfrentarse contra un hombre tan grande.

           Pero cuando David se enteró, le dijo a Saúl, rey de Israel: 
– «Yo lucharé contra Goliat».
– «¡Pero si eres un muchacho, y Goliat es un gigante guerrero!», decía Saúl asombrado.
– «Soy pastor, y he luchado contra osos y leones cuando han intentado robarme mis ovejas. Sé que el Señor está conmigo, y no me abandonará».
Saúl no tuvo más remedio que dejarle ir, y ver cómo llenaban al pequeño David de armaduras y corazas pesadas que le impedían caminar. Como estaba tan incómodo, se deshizo de todas esas corazas y armas y se enfrentó al gigante Goliat con su cayado y una pequeña honda con la que lanzar piedras.
Goliat no se lo podía creer al ver al pequeño pastor delante de él:
– «¿Pero qué te has creído que soy para que vengas contra mí con un cayado?»
– «Tú te enfrentas conmigo con espada, lanza y jabalina, pero yo voy en nombre del Señor de Israel, a quien has desafiado».
Y en el momento en que Goliat intentó acercarse a David, éste cogió la honda y le lanzó una piedra que se clavó en la frente del gigante y le hizo caer de bruces en la tierra.
David había vencido al gigante y los israelitas vencieron, una vez más, con la ayuda de Dios.


 

 LA TIERRA PROMETIDA


Fueron cuarenta años los que se pasaron los israelitas peregrinando por el desierto. Tuvieron muchos sufrimientos, mucho cansancio, mucho dolor y penurias. A pesar de todo, la Tierra Prometida apareció un día ante sus ojos. Una tierra que manaba leche y miel. Una tierra que les daría agua en abundancia, el bien más preciado. Que les alimentaría con frutos más ricos y variados que el maná que les había proporcionado el Señor, alimento que les había salvado la vida en el desierto. Pero se trataba de una tierra que ya estaba habitada. Era la tierra de Canaán, llamada también Palestina. Y antes de poder habitarla, los israelitas tendrían que conquistarla, repartírsela entre las diferentes tribus, cultivarla, y convivir con sus antiguos habitantes.
En ese tiempo en el que los israelitas se acercaban a la Tierra Prometida, Yavé le dijo un día a Moisés: «Sube al monte Nebo. Allí verás la la tierra que les voy a dar a los hijos de Israel. Pero tienes que saber que tú no entrarás en ella». Y es que Moisés veía llegar sus últimos días de vida. Por este motivo, le suplicó a Yavé que eligiera su sucesor para guiar a su pueblo, para que no se quedaran como un rebaño sin pastor. Y Yavé le dijo: «Toma a Josué, hijo de Nun, y pon tu mano sobre él. Ponlo ante el sacerdote Eleazar, y ante toda la Asamblea. Allí le transmitirás toda tu autoridad, para que los hijos de Israel le obedezcan». Así lo hizo Moisés, y tal y como había dicho Yavé, murió antes de entrar en la Tierra Prometida, frente a la ciudad de Jericó, donde más tarde habitarían los israelitas. Tenía entonces Moisés 120 años.
Antes de morir, Moisés les comunicó las palabras que Yavé quería transmitir a su pueblo, y es que, tras el encuentro con Dios, el hombre puede escoger dos caminos en la vida. Si obedecían a los mandatos del Señor, siguiendo sus caminos y guardando sus preceptos, vivirían y crecerían, y el Señor les bendeciría en la Tierra Prometida. Pero si su corazón se apartaba y no obedecían a Dios, no vivirían muchos años en la Tierra Prometida.
La historia del pueblo de Israel, hasta su llegada a la deseada Tierra Prometida, es la historia del amor de Dios a su pueblo. Les había prometido aquella tierra y por fin la tenían delante. Si cogéis una Biblia, en el libro de los Números, en el Deuteronomio y, finalmente, en el de Josué, podréis leer cómo se cumple la promesa de Dios.



 LOS DIEZ MANDAMIENTOS

Los hebreos caminaron durante mucho tiempo por el desierto hasta que llegaron al pie del monte Sinaí, donde acamparon. Moisés subió a lo alto de la montaña, que quedó envuelta en una nube de humo, porque el Señor estaba allí, y le habló:«Yo soy el Señor tu Dios, aquel que te ha hecho salir de Egipto con el pueblo de Israel. No tendrás otro Dios que yo. No te harás escultura, ni imagen alguna para postrarte ante ellas, y no las servirás, porque yo soy Yavé, tu Dios.
No tomarás el nombre de Dios en falso.
Santificarás las fiestas. El séptimo día es día de descanso, consagrado a Dios.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás falso testimonio contra tu prójimo.
No desearás la mujer de tu prójimo.
Y no codiciarás los bienes ajenos.
Éstos son mis mandamientos. Te los doy para que se los enseñes a mi pueblo».
Y Dios le entregó los mandamientos grabados en dos tablas de piedra.
Moisés permaneció en lo alto de la montaña cuarenta días y cuarenta noches. Mientras tanto, el pueblo de Israel esperaba. Pero pronto empezaron a impacientarse porque no aparecía Moisés. Así que un día le dijeron a Aarón, el hermano de Moisés: «Anda, haznos un dios de oro, al que podamos adorar, porque no sabemos qué ha sido de Moisés».
Aarón fundió entonces todos los aros de oro que llevaba el pueblo en las orejas, e hizo con todo ello un becerro. De esta manera, se levantó un altar delante de la estatua y el pueblo le hizo sacrificios, comieron, bebieron y danzaron delante de él. En esos momentos Moisés descendió de la montaña, y al ver que habían olvidado a Yavé, se enfureció con el pueblo de Israel. Arrojó las tablas de los mandamientos al suelo, que se hicieron añicos, y habló muy duramente con su pueblo.A Aarón le dijo: «¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué has conducido al pueblo al pecado, construyendo un becerro de oro?». Y Aarón, arrepentido, le explicaba: «Que no se enfade Yavé… El pueblo de Israel me pidió que hiciera un dios que guiase a nuestro pueblo, puesto que Moisés, el que nos sacó de Egipto, ha desaparecido y no sabemos nada de él…»Entonces, Moisés decidió volver a subir la montaña para suplicarle a Dios que les perdonase.Dios se apiadó y les dio una nueva oportunidad: «Toma mi pueblo y condúcelo a la Tierra Prometida. Labra de nuevo dos tablas de piedra, y en ellas escribe de nuevo mis mandamientos. Estaré siempre a vuestro lad

MOISÉS Y LAS PLAGAS

 

En el último capítulo, Moisés había escuchado a Dios en la zarza ardiente. A pesar de su temor y su inseguridad, decidió obedecer a Dios y regresar a Egipto para liberar a su pueblo. También Dios habló con Aarón, hermano de Moisés, y le dijo que fuera al desierto, en busca de su hermano. Y allí se encontraron. Moisés le contó todo lo que Yavé le había dicho, y juntos
caminaron hasta llegar a la tierra de Egipto.
Frente a los ancianos israelitas, Aarón les contó todo lo que Dios les había dicho, y Moisés hizo prodigios con su cayado. Los israelitas le creyeron, y comprobaron que Yavé había escuchado sus súplicas de liberación.
Después, se fueron Moisés y Aarón a ver al faraón y le dijeron: «Dios nos ha dicho que dejes salir al pueblo de Israel de Egipto para, durante tres días, celebrar una fiesta en su honor». Pero el faraón les contestó: «¿Y quién es ese Dios al que yo tendría que obedecer, dejando marchar al pueblo de Israel? Pues como no conozco a ese Dios, no voy a dejar marchar a Israel».
Ese mismo día el faraón le dijo a los capataces que mandaban sobre los israelitas que no les hicieran el trabajo más fácil a éstos. A partir de ese momento, los israelitas, no sólo deberían hacer ladrillos, sino que además deberían recoger ellos mismos la paja, que hasta entonces se la llevaban, para hacerlos. Al ver los israelitas que la llegada de Moisés y Aarón les había traído más problemas, culpaban a Dios y a ambos de su desgracia. También Moisés se desesperaba, y le decía a Yavé: «¿Por qué castigas a este pueblo, Señor? y, ¿para qué me has enviado?»
Moisés entonces le dijo a Yavé: «El corazón del faraón está endurecido, y no quiere escucharme». Comenzó entonces Dios a mandar varias plagas sobre Egipto para que el faraón dejara marchar al pueblo de Israel. Primero, las aguas de los ríos, los canales y estanques se tiñeron de sangre, y los egipcios no encontraban agua potable para beber. Pero el faraón no quería dejar a los israelitas libres. Después, hubo una plaga de ranas por todo el país. Y el faraón no quiso darse por vencido. Al ver esto, Dios continuó mandando una plaga de mosquitos y otra de tábanos, pero el faraón seguía sin querer dejar libres a los israelitas. Luego, todos los ganados de los campos, los caballos, asnos, ovejas y bueyes de los egipcios perecieron, pero ninguno de los israelitas. Como el faraón seguía sin querer liberarles, Yavé provocó que les saliesen tumores a todos los egipcios, y después hizo que cayera una granizada terrible sobre los campos, que mató a todo cuanto había expuesto al aire. Moisés, mientras tanto, le decía al faraón: «Yavé te pregunta: ¿Hasta cuándo soportarás sin someterte a mí?… Si te resistes y no quieres dejar libre a mi pueblo, enviaré una plaga de langostas que devore todo lo que se salvó del granizo». Pero el faraón seguía sin liberar a los israelitas. Así, Dios envió otra plaga, con la que Egipto estuvo tres días enteros en tinieblas. El faraón no quiso dejarles ir. «Sal de aquí –le dijo a Moisés–, y guárdate de volver a aparecer en mi presencia, porque el día que aparezcas, morirás». Y respondió Moisés: «Pues tú lo has dicho, no volveré a ver tu rostro».
Entonces le dijo Yavé a Moisés: «Sólo mandaré una plaga más. Después, el faraón no sólo os dejará marchar, sino que os echará de aquí. Esta noche morirán todos los primogénitos de los egipcios. Cada familia de Israel matará un cordero al ponerse el sol, y con la sangre del cordero marcará su puerta. Cuando venga el ángel a castigar a los egipcios, pasará de largo por vuestras casas. Luego, os comeréis la carne asada al fuego con pan sin levadura y con hierbas amargas». Moisés explicó a todos los israelitas esto, y ello supuso la primera celebración de la Pascua, del paso de la esclavitud de Egipto a la libertad.
Dios hizo aquella noche lo que había prometido, y por todo Egipto hubo gritos de dolor por los hijos perdidos. El faraón no tuvo más remedio que dejar marchar a los israelitas..

MOISÉS Y LA ZARZA




Un día, Moisés apacentaba el ganado más allá del desierto, en el monte de Dios, Horeb, cuando vió una zarza ardiendo. Al fijarse, se dio cuenta de que no se consumía, y decidió acercarse para ver qué era aquello. En esos momentos, oyó una voz: «¡Moisés, Moisés!» , y él contestó: «Aquí estoy».La voz le dijo: «No te acerques más. Quítate las sandalias, pues estás en tierra santa. Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob. He visto el dolor de mi pueblo en Egipto y he oído sus angustias. Voy a librarlos de los egipcios y los voy a enviar a una tierra grande y fértil, una tierra que mana leche y miel. Sus súplicas han llegado hasta mí».

             Moisés, aturdido, contestaba: «¿Pero quién soy yo para sacar de Egipto a los hijos de Israel?»
«No te preocupes –contestó Yavé–, yo estaré contigo. Cuando hayas liberado a tu pueblo, darás culto a Dios en este mismo monte».

            «Pero si voy a los israelitas y les digo: El Dios de vuestros padres me envía a vosotros, y me preguntan su nombre, ¿qué les diré?», preguntó entonces Moisés. Y Dios le dijo: «Yo soy el que soy. Así responderás a los hijos de Israel: Yo soy, Yavé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, me manda a vosotros. Reúne a los ancianos de Israel, y diles: Yavé se me ha aparecido y me ha pedido que os diga: «Os he visitado y he visto lo que os hace Egipto, y he dicho: Os sacaré de la opresión de los egipcios, y os llevaré a una tierra que mana leche y miel». Ellos te escucharán y todos iréis al rey de Egipto y le diréis: Yavé, el Dios de Israel, ha salido a nuestro encuentro. Deja que vayamos al desierto durante tres días a hacerle un sacrificio. Él no os lo permitirá, hasta que yo le castigue y no le quede más remedio que dejaros marchar».

              «No van a creerme. No me van a dejar marchar», decía, muy pesimista, Moisés.
Entonces Yavé le dijo a Moisés: «Tira tu cayado a tierra». Y, en ese momento, se convirtió en una serpiente. Moisés echó a correr, huyendo de ella.

              «¡Cógela por la cola!», le advirtió Yavé a Moisés. Así lo hizo, y la serpiente volvió a ser cayado en su mano. «Ahora mete la mano en tu seno», volvió a decirle Yavé. La metió Moisés, y la sacó cubierta de lepra. «Vuelve a meterla», le dijo de nuevo Yavé, y esta vez la sacó completamente limpia. «Si no te creen a la primera, te creerán a la segunda, Moisés, y si aún no creen a estas dos señales ni obedecen tu voz, toma agua del río, la derramas sobre el suelo, y se volverá sangre».

            «¡Pero Señor –suplicaba Moisés–, yo no tengo facilidad de palabra, soy torpe, se me traba la lengua…, no sabré hablar ante el faraón!»
«A ver, Moisés…, ¿quién le da al hombre la boca, quién hace al sordo, al mudo, al que ve y al ciego…? ¿No soy yo, Yavé? –le dijo Dios a Moisés–. Tienes a tu hermano Aarón. Él tiene facilidad de palabra y te ayudará. Tú le hablarás a él y pondrás las palabras en su boca; yo estaré en tu boca y en la suya, y os mostraré lo que debéis hacer. Él hablará por ti al pueblo, él será tu boca y tú serás su dios. Toma también en tu mano este cayado, porque con él has de hacer las señales».

             De esta forma habló Dios a Moisés, y así se puso éste en camino hacia Egipto, la tierra donde el pueblo israelí sufría, esperando que al fin llegara la liberación.

MOISÉS
Un día, una mujer israelita tuvo un bebé. Era niño, y lo encontró tan bonito que lo ocultó durante tres meses. Llegó un momento en que no pudo tenerlo escondido por más tiempo, así que decidió meterlo en una cesta, y dejarlo en la ribera del río Nilo. La hermana del bebé se quedó por allí para vigilar bien lo que pasaba. En esos momentos, la hija del faraón, el rey de Egipto, bajaba al río a bañarse acompañada de sus doncellas. Fue ella la que descubrió la cestita y comprobó que había dentro un bebé llorando. Se compadeció la joven del niño, pues enseguida comprendió que era un hijo de hebreos, y lo sacó de allí. En ese instante apareció la hermana del bebé, y le preguntó a la hija del faraón: «¿Quiere usted que vaya a buscar entre los hebreos a una niñera para que críe al niño?» Y de esa manera el bebé fue entregado a su verdadera madre, que lo crió hasta que fue mayor. Entonces la madre se lo llevó a la hija del faraón, que lo acogió como a un hijo y le puso de nombre Moisés, porque se dijo «De las aguas lo saqué» (es lo que significa la palabra moisés).
Moisés crecía con la hija del faraón, y cuando ya iba siendo adulto, salía a veces a ver a su gente. Cuando estaba con ellos veía lo mal que se portaban los egipcios con los hebreos y lo mucho que sufría su pueblo. Un día, vio cómo un egipcio maltrataba a un israelita, y dejándose llevar por la cólera, mató al egipcio. Este hecho llegó a oídos del faraón, y a Moisés no le quedó más remedio que huir a otras tierras, donde el faraón no le encontrase. De esta forma Moisés se refugió en la tierra de Madián. Allí tomó por esposa a Séfora, que le dio un hijo.
Mientras Moisés estaba en tierras extranjeras, Dios se acordaba del pueblo de Israel, que seguía atormentado bajo el pueblo egipcio, y se sirvió de Moisés para liberar a su pueblo. ¿Queréis saber cómo lo hizo? Pues a Moisés le ocurrió una cosa muy extraña, pero tendréis que esperar al próximo capítulo para poder leerlo… ¡No os lo perdáis!


 ELISEO


Después de que Dios se llevara al profeta Elías, se quedó su discípulo, Eliseo, con los israelitas. Hizo muchos milagros, que eran en realidad gestos de Dios para confirmar al pueblo que aquél era el hombre que predicaba su Palabra.
Uno de los milagros que se narran en la Biblia nos recuerda mucho al milagro que hizo Jesús de la multiplicación de los panes y los peces. Era una mujer que se había quedado viuda. Tenía muchas deudas y ningún dinero, por lo que los acreedores iban a llevarse a sus hijos como esclavos por no pagar las deudas. Ella pidió ayuda a Eliseo, el hombre de Dios, y éste le dijo:
«¿Qué tienes en tu casa?», y ella le contestó: «Nada más que una vasija de aceite».
«Pues vete a pedir fuera a todos los vecinos más vasijas, pero vacías», le replicó Eliseo. Una vez hecho esto, el profeta le pidió que echase en todas las vasijas el aceite.
El aceite se fue multiplicando y llenó todas las vasijas que había conseguido. Y el aceite se paró. Entonces la mujer fue a contárselo al hombre de Dios. Y Eliseo le dijo: «Vete a vender el aceite, y con lo que saques paga las deudas que tienes y vive con tus hijos».
Un buen día Eliseo pasaba con su siervo por Sunam, cerca del monte Tabor. Allí vivía un matrimonio rico, que sabía que Eliseo era un hombre de Dios y por ello le invitaron a aceptar una habitación de su casa para que se hospedara. Eliseo, que estaba muy agradecido por la hospitalidad del matrimonio, tras consultarlo con su siervo y ver que no tenían hijos, le dijo a la mujer: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a tu hijo». La mujer no se lo podía creer: «No, por favor, señor, no me engañéis». Y tal y como predijo Eliseo, la mujer se quedó embarazada y tuvo un hijo.
El niño creció, y un día, estando en el campo con su padre, sintió un fuerte dolor de cabeza, y al poco rato murió en su casa. La mujer corrió a buscar a Eliseo. Sentía tanto dolor y tanta rabia, que le dijo: «¡Yo no te pedí un hijo! ¿Por qué me engañaste?» Entonces Eliseo, comprendiendo lo sucedido, le dijo que cogiera su bastón y lo colocara en el rostro del niño. Así hicieron, pero no reaccionó. Entonces Eliseo volvió a la casa, y entró en la habitación del niño y allí le rezó al Señor. Después, como ya había hecho Elías con otro niño, se echó sobre él, para que el niño fuera entrando en calor. Por fin, el niño abrió los ojos y se levantó como si sólo hubiera estado dormido. Y Eliseo le dijo a la madre: «Aquí tienes a tu hijo».


 ELISEO


Después de que Dios se llevara al profeta Elías, se quedó su discípulo, Eliseo, con los israelitas. Hizo muchos milagros, que eran en realidad gestos de Dios para confirmar al pueblo que aquél era el hombre que predicaba su Palabra.
Uno de los milagros que se narran en la Biblia nos recuerda mucho al milagro que hizo Jesús de la multiplicación de los panes y los peces. Era una mujer que se había quedado viuda. Tenía muchas deudas y ningún dinero, por lo que los acreedores iban a llevarse a sus hijos como esclavos por no pagar las deudas. Ella pidió ayuda a Eliseo, el hombre de Dios, y éste le dijo:
«¿Qué tienes en tu casa?», y ella le contestó: «Nada más que una vasija de aceite».
«Pues vete a pedir fuera a todos los vecinos más vasijas, pero vacías», le replicó Eliseo. Una vez hecho esto, el profeta le pidió que echase en todas las vasijas el aceite.
El aceite se fue multiplicando y llenó todas las vasijas que había conseguido. Y el aceite se paró. Entonces la mujer fue a contárselo al hombre de Dios. Y Eliseo le dijo: «Vete a vender el aceite, y con lo que saques paga las deudas que tienes y vive con tus hijos».
Un buen día Eliseo pasaba con su siervo por Sunam, cerca del monte Tabor. Allí vivía un matrimonio rico, que sabía que Eliseo era un hombre de Dios y por ello le invitaron a aceptar una habitación de su casa para que se hospedara. Eliseo, que estaba muy agradecido por la hospitalidad del matrimonio, tras consultarlo con su siervo y ver que no tenían hijos, le dijo a la mujer: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás a tu hijo». La mujer no se lo podía creer: «No, por favor, señor, no me engañéis». Y tal y como predijo Eliseo, la mujer se quedó embarazada y tuvo un hijo.
El niño creció, y un día, estando en el campo con su padre, sintió un fuerte dolor de cabeza, y al poco rato murió en su casa. La mujer corrió a buscar a Eliseo. Sentía tanto dolor y tanta rabia, que le dijo: «¡Yo no te pedí un hijo! ¿Por qué me engañaste?» Entonces Eliseo, comprendiendo lo sucedido, le dijo que cogiera su bastón y lo colocara en el rostro del niño. Así hicieron, pero no reaccionó. Entonces Eliseo volvió a la casa, y entró en la habitación del niño y allí le rezó al Señor. Después, como ya había hecho Elías con otro niño, se echó sobre él, para que el niño fuera entrando en calor. Por fin, el niño abrió los ojos y se levantó como si sólo hubiera estado dormido. Y Eliseo le dijo a la madre: «Aquí tienes a tu hijo».

 SAMUEL




       
                                       Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre llamado Elcana que tenía dos mujeres. Éstas se llamaban Ana y Penena. Ana se sentía muy desdichada porque, mientras que Penena tenía hijos, ella no lograba tener ninguno. Tanto sufría Ana por aquello que un día decidió hacer una petición a Dios en el templo, delante del sacerdote Helí. E hizo la promesa siguiente: «Yavé, mira el sufrimiento de tu sierva. Si te acuerdas de mí y me das un hijo varón, yo lo consagraré a ti por todos los días de su vida». El sacerdote, que la veía, le dijo: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido”.
Dios se acordó de Ana y le concedió lo que pedía, así que tuvo un hijo varón, y le puso de nombre Samuel, pues dijo: «Se lo pedí a Dios» (la voz hebrea samu-el significa Dios escucha).
Pasó el tiempo, y Ana cumplió la promesa que le había hecho a Yavé, llevando a su hijo pequeño a la casa de Dios. Allí creció Samuel, con el sacerdote Helí.
Sin embargo, mientras que Samuel crecía como un joven sano, bueno y justo, los hijos de Helí, que se llamaban Ofni y Finés, se comportaban muy mal, y no se acordaban de Dios. Cuando llegó a sus oídos el comportamiento perverso de sus hijos, Helí los reprendió, pero ellos no le escucharon.
Una noche, mientras Samuel dormía, Dios le llamó: «¡Samuel, Samuel!» Y éste, despertándose, fue corriendo hacia donde Helí descansaba, y le dijo: «Aquí estoy, pues me has llamado». Pero Helí, despertándose, le dijo: «No, yo no te he llamado. Anda, vuelve a acostarte». Pero al acostarse de nuevo, Samuel volvió a oir la voz de Dios: «¡Samuel, Samuel!» Y otra vez volvió a acercarse donde Helí descansaba, y de nuevo éste le contestó: «Yo no te he llamado, Samuel. Vuelve a la cama». Pero de nuevo ocurrió lo mismo, y esta tercera vez Helí, sospechando lo que pasaba, le dijo a Samuel: «Mira, si vuelve a suceder, di: Habla, Yavé, que tu siervo escucha». Como, por supuesto, volvió a suceder, Samuel le dijo a la voz que le hablaba: «Habla, Yavé, que tu siervo escucha», y Dios le dijo a Samuel: «Haz saber a Helí que condeno a su casa para siempre, puesto que sabía que sus hijos no cumplían ni respetaban las leyes de Dios y no hizo nada por evitarlo. Y ningún sacrificio podrá perdonar todo lo que han hecho contra mí».
Todo esto se lo contó Samuel a Helí, que era ya muy anciano. Pese a todo, los hijos de Helí siguieron comportándose igual de mal. Pero Yavé estaba al lado de Samuel, y la gente pudo comprobar que verdaderamente Dios hablaba con él, y entre la gente fue creciendo su fama de profeta.