domingo, 23 de septiembre de 2012


MOISÉS Y LAS PLAGAS

 

En el último capítulo, Moisés había escuchado a Dios en la zarza ardiente. A pesar de su temor y su inseguridad, decidió obedecer a Dios y regresar a Egipto para liberar a su pueblo. También Dios habló con Aarón, hermano de Moisés, y le dijo que fuera al desierto, en busca de su hermano. Y allí se encontraron. Moisés le contó todo lo que Yavé le había dicho, y juntos
caminaron hasta llegar a la tierra de Egipto.
Frente a los ancianos israelitas, Aarón les contó todo lo que Dios les había dicho, y Moisés hizo prodigios con su cayado. Los israelitas le creyeron, y comprobaron que Yavé había escuchado sus súplicas de liberación.
Después, se fueron Moisés y Aarón a ver al faraón y le dijeron: «Dios nos ha dicho que dejes salir al pueblo de Israel de Egipto para, durante tres días, celebrar una fiesta en su honor». Pero el faraón les contestó: «¿Y quién es ese Dios al que yo tendría que obedecer, dejando marchar al pueblo de Israel? Pues como no conozco a ese Dios, no voy a dejar marchar a Israel».
Ese mismo día el faraón le dijo a los capataces que mandaban sobre los israelitas que no les hicieran el trabajo más fácil a éstos. A partir de ese momento, los israelitas, no sólo deberían hacer ladrillos, sino que además deberían recoger ellos mismos la paja, que hasta entonces se la llevaban, para hacerlos. Al ver los israelitas que la llegada de Moisés y Aarón les había traído más problemas, culpaban a Dios y a ambos de su desgracia. También Moisés se desesperaba, y le decía a Yavé: «¿Por qué castigas a este pueblo, Señor? y, ¿para qué me has enviado?»
Moisés entonces le dijo a Yavé: «El corazón del faraón está endurecido, y no quiere escucharme». Comenzó entonces Dios a mandar varias plagas sobre Egipto para que el faraón dejara marchar al pueblo de Israel. Primero, las aguas de los ríos, los canales y estanques se tiñeron de sangre, y los egipcios no encontraban agua potable para beber. Pero el faraón no quería dejar a los israelitas libres. Después, hubo una plaga de ranas por todo el país. Y el faraón no quiso darse por vencido. Al ver esto, Dios continuó mandando una plaga de mosquitos y otra de tábanos, pero el faraón seguía sin querer dejar libres a los israelitas. Luego, todos los ganados de los campos, los caballos, asnos, ovejas y bueyes de los egipcios perecieron, pero ninguno de los israelitas. Como el faraón seguía sin querer liberarles, Yavé provocó que les saliesen tumores a todos los egipcios, y después hizo que cayera una granizada terrible sobre los campos, que mató a todo cuanto había expuesto al aire. Moisés, mientras tanto, le decía al faraón: «Yavé te pregunta: ¿Hasta cuándo soportarás sin someterte a mí?… Si te resistes y no quieres dejar libre a mi pueblo, enviaré una plaga de langostas que devore todo lo que se salvó del granizo». Pero el faraón seguía sin liberar a los israelitas. Así, Dios envió otra plaga, con la que Egipto estuvo tres días enteros en tinieblas. El faraón no quiso dejarles ir. «Sal de aquí –le dijo a Moisés–, y guárdate de volver a aparecer en mi presencia, porque el día que aparezcas, morirás». Y respondió Moisés: «Pues tú lo has dicho, no volveré a ver tu rostro».
Entonces le dijo Yavé a Moisés: «Sólo mandaré una plaga más. Después, el faraón no sólo os dejará marchar, sino que os echará de aquí. Esta noche morirán todos los primogénitos de los egipcios. Cada familia de Israel matará un cordero al ponerse el sol, y con la sangre del cordero marcará su puerta. Cuando venga el ángel a castigar a los egipcios, pasará de largo por vuestras casas. Luego, os comeréis la carne asada al fuego con pan sin levadura y con hierbas amargas». Moisés explicó a todos los israelitas esto, y ello supuso la primera celebración de la Pascua, del paso de la esclavitud de Egipto a la libertad.
Dios hizo aquella noche lo que había prometido, y por todo Egipto hubo gritos de dolor por los hijos perdidos. El faraón no tuvo más remedio que dejar marchar a los israelitas..

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