LOS DIEZ MANDAMIENTOS
Los hebreos caminaron durante mucho tiempo por el desierto hasta que llegaron al pie del monte Sinaí, donde acamparon. Moisés subió a lo alto de la montaña, que quedó envuelta en una nube de humo, porque el Señor estaba allí, y le habló:«Yo soy el Señor tu Dios, aquel que te ha hecho salir de Egipto con el pueblo de Israel. No tendrás otro Dios que yo. No te harás escultura, ni imagen alguna para postrarte ante ellas, y no las servirás, porque yo soy Yavé, tu Dios.
No tomarás el nombre de Dios en falso.
Santificarás las fiestas. El séptimo día es día de descanso, consagrado a Dios.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás falso testimonio contra tu prójimo.
No desearás la mujer de tu prójimo.
Y no codiciarás los bienes ajenos.
Santificarás las fiestas. El séptimo día es día de descanso, consagrado a Dios.
Honrarás a tu padre y a tu madre.
No matarás.
No cometerás adulterio.
No robarás.
No darás falso testimonio contra tu prójimo.
No desearás la mujer de tu prójimo.
Y no codiciarás los bienes ajenos.
Éstos son mis mandamientos. Te los doy para que se los enseñes a mi pueblo».
Y Dios le entregó los mandamientos grabados en dos tablas de piedra.
Moisés permaneció en lo alto de la montaña cuarenta días y cuarenta noches. Mientras tanto, el pueblo de Israel esperaba. Pero pronto empezaron a impacientarse porque no aparecía Moisés. Así que un día le dijeron a Aarón, el hermano de Moisés: «Anda, haznos un dios de oro, al que podamos adorar, porque no sabemos qué ha sido de Moisés».
Moisés permaneció en lo alto de la montaña cuarenta días y cuarenta noches. Mientras tanto, el pueblo de Israel esperaba. Pero pronto empezaron a impacientarse porque no aparecía Moisés. Así que un día le dijeron a Aarón, el hermano de Moisés: «Anda, haznos un dios de oro, al que podamos adorar, porque no sabemos qué ha sido de Moisés».
Aarón fundió entonces todos los aros de oro que llevaba el pueblo en las orejas, e hizo con todo ello un becerro. De esta manera, se levantó un altar delante de la estatua y el pueblo le hizo sacrificios, comieron, bebieron y danzaron delante de él. En esos momentos Moisés descendió de la montaña, y al ver que habían olvidado a Yavé, se enfureció con el pueblo de Israel. Arrojó las tablas de los mandamientos al suelo, que se hicieron añicos, y habló muy duramente con su pueblo.A Aarón le dijo: «¿Por qué has hecho esto? ¿Por qué has conducido al pueblo al pecado, construyendo un becerro de oro?». Y Aarón, arrepentido, le explicaba: «Que no se enfade Yavé… El pueblo de Israel me pidió que hiciera un dios que guiase a nuestro pueblo, puesto que Moisés, el que nos sacó de Egipto, ha desaparecido y no sabemos nada de él…»Entonces, Moisés decidió volver a subir la montaña para suplicarle a Dios que les perdonase.Dios se apiadó y les dio una nueva oportunidad: «Toma mi pueblo y condúcelo a la Tierra Prometida. Labra de nuevo dos tablas de piedra, y en ellas escribe de nuevo mis mandamientos. Estaré siempre a vuestro lad
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