DAVID: rey de los israelitas
Subió David al trono de Israel, y fue rey durante muchos años. Ya no habría más enfrentamientos entre tribus.
David era un hombre bueno que tenía una gran fe en Dios. Por esto, un día, se dio cuenta de que el arca de la Alianza no tenía ni una tienda ni un templo dignos. Así que lo consultó con Natán, que era un profeta, y se lo explicó. Natán al principio le dijo que realizase todo lo que había pensado, pues Dios estaba de su lado. Sin embargo, aquella noche el profeta Natán tuvo un sueño. En él, el Señor le daba un mensaje que debería transmitir a David:
«No he tenido casa desde que saqué a los israelitas de Egipto. Siempre he sido trasladado de aquí para allá en tiendas. Pero hasta ahora no he encargado nunca a ninguno de los jueces de Israel que me construyese un templo. Dile a mi siervo David:
Yo te saqué de los campos, de pastorear tus ovejas, para que fueras el rey de mi pueblo, Israel. Estaré contigo en todas las empresas, tendrás paz con todos tus enemigos, y contigo comenzará una dinastía de reyes que no tendrá fin. Pero no serás tú quien construya un templo en mi honor, sino tu descendiente. Tu casa y tu reino durarán para siempre».
Lo que Dios quería decir, con todo esto, era que el Mesías, el Ungido de Dios, el Salvador que un día Dios prometió a Israel, sería descendiente del rey David. La casa a la que el Señor se refiere no es una casa o un templo, como piensa el rey David. La casa será la dinastía de David, sobre la que se construirá la Iglesia de Dios.
Cuando Natán le comunica a David el sueño, David contesta:
«¿Quién soy yo, Señor, y quién es mi familia para que nos hayas llevado a este momento? Has sido bueno conmigo y me has adelantado lo que sucederá con los míos… No hay nadie tan grande y bondadoso como Tú. Mantén siempre, Señor, la promesa que me has hecho. Tus palabras son verdaderas. Bendice, Señor, mi casa y permanece siempre presente en ella».
David fue un rey fiel a Dios, y cuando cometió pecados, siempre se arrepintió, pidiendo humildemente perdón al Señor. Amaba a Dios por encima de todo, y confiaba totalmente en Él. Lo podemos comprobar muy bien en los Salmos inspirados en David, oraciones a Dios tan bonitas como ésta:
David fue un rey fiel a Dios, y cuando cometió pecados, siempre se arrepintió, pidiendo humildemente perdón al Señor. Amaba a Dios por encima de todo, y confiaba totalmente en Él. Lo podemos comprobar muy bien en los Salmos inspirados en David, oraciones a Dios tan bonitas como ésta:
«El Señor es mi pastor, nada me falta.
En verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú vas conmigo».
En verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú vas conmigo».
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