LA TIERRA PROMETIDA
En ese tiempo en el que los israelitas se acercaban a la Tierra Prometida, Yavé le dijo un día a Moisés: «Sube al monte Nebo. Allí verás la la tierra que les voy a dar a los hijos de Israel. Pero tienes que saber que tú no entrarás en ella». Y es que Moisés veía llegar sus últimos días de vida. Por este motivo, le suplicó a Yavé que eligiera su sucesor para guiar a su pueblo, para que no se quedaran como un rebaño sin pastor. Y Yavé le dijo: «Toma a Josué, hijo de Nun, y pon tu mano sobre él. Ponlo ante el sacerdote Eleazar, y ante toda la Asamblea. Allí le transmitirás toda tu autoridad, para que los hijos de Israel le obedezcan». Así lo hizo Moisés, y tal y como había dicho Yavé, murió antes de entrar en la Tierra Prometida, frente a la ciudad de Jericó, donde más tarde habitarían los israelitas. Tenía entonces Moisés 120 años.
Antes de morir, Moisés les comunicó las palabras que Yavé quería transmitir a su pueblo, y es que, tras el encuentro con Dios, el hombre puede escoger dos caminos en la vida. Si obedecían a los mandatos del Señor, siguiendo sus caminos y guardando sus preceptos, vivirían y crecerían, y el Señor les bendeciría en la Tierra Prometida. Pero si su corazón se apartaba y no obedecían a Dios, no vivirían muchos años en la Tierra Prometida.
La historia del pueblo de Israel, hasta su llegada a la deseada Tierra Prometida, es la historia del amor de Dios a su pueblo. Les había prometido aquella tierra y por fin la tenían delante. Si cogéis una Biblia, en el libro de los Números, en el Deuteronomio y, finalmente, en el de Josué, podréis leer cómo se cumple la promesa de Dios.
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